lunes, 26 de mayo de 2014

DSM-5, la guía útil para un mundo feliz

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El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), DSM para los colegas, es la biblia de la Asociación Americana de Psiquiatria y este año ha publicado su quinta edición, la cual se va a traducir, según dicen, por primera vez al español.

En una polémica previa a su lanzamiento, como suele ocurrir cuando alguien quiere crear monstruos best-sellers, se dijo que la timidez había sido incluida en forma de “trastorno de ansiedad social”. Según sus defensores, se ha exagerado la analogía; según los detractores, se ha trivializado hasta el absurdo el criterio para diagnosticar fobias sociales. Según un humilde servidor, Aldous Huxley lo clavó en su futuro mundo feliz…
Terrible idea haber escrito esta última frase, pues esa opinión podría incluir al humilde servidor en varias entradas del DSM-5 relacionadas con la paranoia y tal…

Pero no importa, ya estaba incluido por aquello de la ansiedad social leve…
Si bien autodiagnosticarse de esta forma implica padecer el llamado trastorno de síntomas somáticos, algo parecido a la hipocondría, o lo mismo, cualquiera sabe…
¿…?
Más aún, al estar ejerciendo funciones de hipocondríaco con ansiedad social desde el mundo de la internet por cuenta propia y sin ayuda de un especialista, resulta que, si sumamos todos los trastornos mencionados y los metemos en el mismo saco, nos hallamos ante un preocupante caso de cibercondría y ciberdependencia.
¡…!
¡Ah, pero respiremos! Por suerte, la cibercondría y la ciberdependencia, a pesar de las insistencias de algunos, no han sido aceptadas por la Psychiatric Association, de momento. Así que puede que el mencionado servidor se libre si no se deconstruye su enfermedad en trocitos más pequeños.
¿Podría ser este último comentario el sintoma de una personalidad con carencias para percibir la realidad? Lentitud para captar las cosas en su contexto y tendencia a la ensoñación: trastorno de ritmo cognitivo…
Dejémoslo.

 

El DSM-5, ¿un clásico literario?

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Sam Kriss es un escritor que ha analizado el DSM-5 desde una perspectiva literaria. Se ha centrado en el punto de vista narrativo para intentar comprender cuál es la visión del mundo que quiere ofrecernos el narrador; mediante su discurso personal, entre ironías e hipérboles, podemos jugar a interpretar desde la subjetividad consentida ese otro juego opuesto que es la objetividad convertida en ciencia, y desentrañar, desde una declarada y sincera relatividad de lo parcial, la parcialidad escondida y embaucadora con que se expresa la ideología subyacente a esa religión cuyo dogma principal es la creencia en la neutralidad.

Como punto de partida, Kriss se refiere al DSM-5 como una enciclopedia de enfermedades mentales de las cuales la más fascinante es aquella cuyo síntoma más evidente resulta ser la elaboración del libro en cuestión. ¿Quién, sino un maniático obsesivo compulsivo, iba a querer compilar una lista tan exhaustiva de enfermedades mentales? De acuerdo a la descripción de este desorden, el DSM-5 dice que se trata de un comportamiento repetitivo con el que se quiere evitar una situación o acontecimiento al que se tiene aversión o terror; en el caso del compilador del DSM-5, cualquier comportamiento anómalo de la mente humana.

La clave de la tragedia ante la que nos encontramos, según nuestro comentarista, aparece en la parte en que el libro habla de trastornos por los que “el individuo no reconoce que sus obsesiones o compulsiones son excesivas o poco razonables”: el narrador de la obra está encerrado en su propio círculo vicioso de enfermedad y se propone, a través de su abrumadora meta, fijar la normalización de la mente humana, como un maniático que se describe a sí mismo en otros pero que no se reconoce.
La voz narrativa se caracteriza por la búsqueda constante del distanciamiento con respecto a lo narrado, de manera que puede tratar con el mismo tono plano y desapegado tanto una afición excesiva a la cafeína como una esquizofrenia paranoide, dándole al conjunto un reconocible estilo de objetividad clínica. Sin embargo, bajo esta pretensión de imparcialidad, se adivina un terrible prejuicio: las enfermedades mentales surgen de la nada y bajo un aura de capricho divino; en ningún momento se hace referencia a posibles causas sociales, a que la forma que la enfermedad adopta en el paciente pueda ser el reflejo de unas determinadas circunstancias externas.

La idea subyacente es, por tanto, que la enfermedad mental es el resultado de una insuficiencia humana particular. Según se infiere de la lectura del DSM-5, vivimos en un mundo donde acabar en el sector de la prostitución no es el resultado de una confluencia de factores como la clase social, las capacidades económicas o el entorno familiar, por ejemplo; más bien, se trata de un síntoma de conducta desordenada y tendencias escapistas. De igual modo, siguiendo otro ejemplo de Kriss, bastaría saber que el paciente ha efectuado deposiciones en lugares inadecuados para diagnosticarle encopresis y dar por zanjado el caso, sin importar demasiado para su tratamiento que el afectado experimente un placer erótico en la labor o que se vaya de vientre porque se ha topado con un demonio en el armario de la cocina.
En la lectura del DSM-5, aparece continuamente la palabra desorden, pues de eso se trata, pero resulta complicado saber, a partir del libro, a qué se opone tal desorden ya que, aunque la implicación de un orden como contraste es obvia, no lo es tanto saber qué significa “orden” y “normalidad”.

La normal se muestra, así, como un vago ideal al que se accede por vía indirecta, una intuición de algo, “un no sé qué que queda balbuciendo”, que diría san Juan de la Cruz desde sus remotos aposentos. Con un panorama tan difuso, cualquier cosa podría ser tildada de desviación con respecto a la norma, incluido un pronto de felicidad mística y/o liberadora que pudiera embargar al “paciente” así porque sí, sin motivo aparente: trastorno delirante esquizotípico…
Llegados a este punto, nos encontramos con una categoría final del tocho que suena, como bien se ha encargado de advertir Kriss al comienzo de su artículo, a cuento de Borges: “trastornos no especificados”. Se refiere, según parece, a comportamientos que no se ajustan a ninguno de los criterios determinados en las novecientas y pico páginas previas, pero que podrían entenderse como desórdenes de la personalidad porque ocasionan un importante malestar o aflicción en términos sociales u ocupacionales.
Como dice la canción entre redobles de sambódromo, “que levante la mano quien se quiera salvar…”
Se podría concluir, dice Sam Kriss, que lo normal es un estado próximo a la catatonia. El médico que se ajuste al DSM-5 deberá “bovinizar” a sus pacientes si es que quiere lograr la normalización inferida de tanta conducta anormal descrita en esta guía para un mundo feliz.  Tras haber realizado comprobaciones por cuenta propia, sin embargo, descubrimos un problema del que Kriss no parece haberse dado cuenta: la catatonia también se incluye como trastorno de la personalidad…

Quizás esto de lo normal sea como el asunto aquel del tiempo para la física, que no hay dios que sepa definirlo; que mientras nadie pregunte todos sabemos lo que es, que decía San Agustín. La diferencia está en que, mientras que, frente al tiempo, la eternidad tampoco es definible o se define como ausencia del tiempo, y todo queda en casa, en el DMS-5 se define, cataloga y fija lo anormal aunque no exista una referencia estática sobre qué es normal. Y estas cosas son las que acaban con un resultado de “infinito” de los que tumban teorías cuando se las mira de cerca.

Un mundo feliz

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El DSM-5 es una ventana a un paisaje terrorífico: la distopía que se avecina si se lo toma en serio; una sociedad de individuos que, en su miedo al sufrimiento, ha decidido que la mejor vida posible es la no vida. Tal sería, acaba Kriss, el caso del narrador empleado por el autor del libro, la Sociedad Americana de Psiquiatría, que nos cuenta la vida humana desde un punto de vista incapaz de apreciar el valor del otro, aquel del que, podemos añadir, busca salvarse desautorizando la diferencia y homogeniza para su propia seguridad.

La sociedad de Un mundo feliz no está regida por sádicos o malvados gobernantes sin alma que gozan con el sufrimiento de la población. Se trata de un sistema que, si bien se reconoce que tiene sus imperfecciones, ha resultado ser el más eficaz para llevar a cabo el proyecto vital que todos comparten: ser felices.
Los personajes descritos por Aldous Huxley en Un mundo feliz necesitan evitar cualquier enfrentamiento con la verdad para poder mantener su estado de bienestar. Concretamente, el uso del soma, una droga que sustituye la realidad por placenteras alucinaciones, es la manera establecida de evadirse.

De acuerdo a la filosofía del Estado, el mundo es mejor en posesión de la felicidad, entendida en términos de placer, que de la verdad. Por verdad se refiere no sólo a la verdad del conocimiento científico, el cual por otra parte ha sido sustituido por la mejora tecnológica de los métodos de evasión, sino que también alude a la verdad subjetiva: los sentimientos que hacen humanas a las personas, como el amor, la amistad y cualquier relación de tipo personal.
Ambos aspectos de la verdad, objetivo y subjetivo, se resumen en el impulso dirigido a desarrollar la individualidad, lo cual es imposible en un Estado que se sustenta en la homogeneización social para garantizar un pensamiento único.
La consecuencia del control estatal basado en una tecnología del hedonismo y la superficialidad es la pérdida de la dignidad humana, debido a la falta de valores morales y emocionales.
La estabilidad social es el objetivo supremo de Estado Mundial, y ello justifica que se usen los medios más eficaces para lograrla: condicionamientos genético, físico y psicológico. Todo está pensado en términos de eficiencia, de minimización de costes y maximización de beneficios.

Puesto que la sociedad está concebida para servir al consumismo como motor de una economía en que el objetivo es el enriquecimiento del poder, el ocio también está planeado para servir a tal fin, de manera que todas las actividades exigen algún tipo de gasto por parte de los ciudadanos. Cualquier actividad que no genere ingresos, como la contemplación de la naturaleza, es suprimida.
Ningún ciudadano tiene vida privada: lo único que se hace cuando se está solo es dormir. El resto del tiempo, la compañía es un deber social instituido, sin relaciones al estilo de la familia y otro tipo de vínculos personales, como la amistad o la pertenencia a instituciones ajenas a la filosofía del Estado: se suprimieron en su día porque interferían en la relación del Estado con el individuo y provocaban inestabilidad social.
En el Estado Mundial, los individuos también se ven unos a otros como productos, de manera que la lógica del mercado de consumo rige también en sus relaciones que, aparte de laborales, se limitan a sexuales.
Si algún lector con trastorno de déficit de atención se ha perdido, los párrafos anteriores se referían a la distopía inventada por Huxley en 1932, no a la exposición del actual estado de cosas. Cualquiera que vea un parecido con la realidad deberá consultar sobre trastornos de la conciencia por estados oniroides.

Y hablando de productos, mercados y demás lógicas de centro comercial, hay quienes añaden un ingrediente secreto al DSM-5 y cambian un poco el análisis literario realizado por Sam Kriss. Se trata de la máxima aquella que dice que “si quieres conocer la verdad, sigue al dinero”. Y el dinero conduce, oh sorpresa entre tanta prescripción de pastillitas de colores, a las corporaciones farmacéuticas…
Este aspecto también está contemplado en la obra de Huxley: puesto que la sociedad está concebida para servir al consumismo como motor de una economía en que el objetivo es el enriquecimiento del poder, todas las actividades exigen algún tipo de gasto por parte de los ciudadanos. Cualquier actividad que no genere ingresos, como la contemplación de la naturaleza, es suprimida y penalizada.
Mejor comprar algo de soma…
Pero quizás, y mientras que los tratamientos no se conviertan en obligatorios por cuestiones de seguridad nacional, claro está y tiempo al tiempo, esto sería echar la pelota en el tejado del otro; sacudirse la responsabilidad que conlleva dejarse convencer por los comerciantes en que se han convertido ciertos descendientes de la línea bastarda de Esculapio.

 

De locos e integrados

 

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Hablaba Jung de tres tipos de locura: divina, enferma y la del espíritu del tiempo. La primera está referida a una trascendencia de la simple razón que se encuentra con un sentido superior de las cosas; la segunda tiene que ver con la psicosis que resulta de la identificación de la persona con sus aspectos inconscientes más profundos; la tercera es propia de todos aquellos que se identifican con la cultura y la sociedad que les ha tocado vivir.

Una sociedad que nos ha tocado en la que se degrada y desprecia al loco, aquél que en su día, a pesar de burlas y ataques, aún podía ser sentido en muchas comunidades pequeñas como parte del pueblo. Era esa una supervivencia del rol ancestral del bufón, de donde, tirando de la cuerda, nos toparíamos con el payaso sagrado cuya irracionalidad abría las puertas a los mundos superiores donde la razón no cabe. Al inconsciente, al fin y al cabo. Pero de eso se habla largo y tendido en otros lugares del blog. Aquí se trata de una sociedad trastornada por considerar que toda chispa que salta es desorden.
Estamos todavía tan poseídos por nuestros contenidos anímicos autónomos como si estos fueran dioses. Ahora se los llama fobias, obsesiones, etc.; brevemente, síntomas neuróticos. Los dioses han pasado a ser enfermedades, y Zeus no rige más el Olimpo, sino el plexus solaris y ocasiona curiosidades para la consulta médica, o perturba el cerebro de periodistas y políticos, quienes, involuntariamente, desencadenan epidemias psíquicas.
(Jung, El secreto de la flor de oro)
La “persona” es un modo de comportamiento dictado por la sociedad y por las expectativas que uno tiene de sí mismo. El individuo tiene que ser consciente de que esto no es lo que realmente es. Si se niega o se es inconsciente de ello, comienzan los problemas por no saber afrontar las contradicciones entre el modo de ser y las diferentes formas de aparentar.
La personalidad total del hombre es indescriptible. Su conciencia puede describirse, pero no su inconsciente. Como dicen los junguianos, surgen pistas, pero no se puede decir dónde termina, cuáles son sus límites. En este sentido, los enunciados de los mitos y religiones son los del proceso interior, que es una necesidad del ser humano para estar completo.

La sociedad actual priva a la persona de sus cualidades y valores individuales, reduciéndolo todo a un promedio y elimina la capacidad de experimentar los fundamentos creativos de la personalidad. Se ha eliminado la conexión con el pasado, que es la que permite al hombre completar su estado dentro del proceso histórico en que nace.
Los individuos conforman la sociedad y la sociedad ha conformado a los individuos. Las responsabilidades circulan en sentidos opuestos y se retroalimentan; es un error poseer al individuo, pero también lo es permitir que el otro expanda su existencia a través de uno mismo.
La sociedad de consumo se alimenta de quienes sucumben a la activación de ese deseo implantado que consiste en sumergirse en las cálidas y cristalinas aguas turquesa de un lujoso complejo vacacional llamado Estadística y gozar de sus servicios de sauna y spa hasta eliminar tantas impurezas de sí que, al final, sólo les quede un soplo de vacío con que inflar el porcentaje mayoritario de población; de individuos que aspiran a desindividualizarse, de vidas que pretenden tener sentido al huir de sí mismas.
Tal podría ser la reinterpretación del eterno retorno según los chamanes  y curanderos varios del fashion way of life. Así que, dicho todo lo cual, y colorín colorado, érase una vez que se era una sociedad tan obsesionada por una vida sin sufrimiento que decidió, en aras del bienestar, dejar de vivir…

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